domingo, 29 de agosto de 2010

Sweet Surrender.


Las lágrimas me anegan los ojos hasta desbordarlos, me arden por cada gota que derraman. Cada lágrima es una discusión, una burla, un insulto, un te odio. Y ahí estás tú, intentando perturbar mi calma una vez más, avanzando lentamente hacia mi, como si fueras un cazador tratando de acercarse a un animal salvaje; con tacto y precisión.
Ni siquiera sé por qué dejo que te acerques, quizá estoy cansada de huir. Soy incapaz de mirarte por miedo a enredarme en tus ojos y recorrer en ellos laberintos de recuerdos a tu lado. No, no voy a caer tan fácilmente.
De pronto, impulsado por una pequeña descarga eléctrica cargada de remordimiento, me abrazas. Me abrazas como si fuera la última vez y me susurras al oído un perdón tan sincero y transparente, que pude atrapar en él la esencia de un te quiero.
Desde ese momento en el que tu aliento rozó mi piel, supe que tenía que perdonarte y me rendí a tus brazos y a todas esas jugosas promesas de un futuro mejor.
En mi opinión, fue una dulce manera de rendirse.

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