domingo, 29 de agosto de 2010

Verano Perfecto.


Llega el calor, las vacaciones, salidas, playa, piscina, gente,viajes...
13 de Julio, cojo un Avión hacia Madrid, 4 horas en coche y estoy en Navarra. Familia, niños, gente nueva, fiesta, sí, mucha FIESTA. 8 días de fiesta, durmiendo sólo 2 horas por día y pasarte todo el día en la calle. Conocer gente. Chicas. Chicos. Salir por la noche. Bailar. Bailar, beber y disfrutar.
1 de Agosto, cojo un autobús hacia Madrid, 5 horas. Madrid Capital. 45 minutos. Chinchón. Más familia, primas, primos, amigos. ¿Algo más? Sí. Más fiesta. Noches enteras de botellón, más baile, conciertos. Gritos. Saltos. Risas y por qué no, también llantos. Pero eso sí, de ALEGRÍA.

Después de todo, siempre. Recuerda. Siempre. Hay un adiós. Pero en mi caso es un Hasta luego. Porque pienso volver.

Terminas las vacaciones y haces memoria para recordar todo lo vivido y por mucha fiesta y mucho que hayas bebido siempre hay algo que resalta por encima de todo. El amor. Sí, tuve la suerte de presenciarlo en los dos sitios. Está claro, no te da tiempo a enamorarte y conocer de verdad a esa persona, pero cuando estás con ella sientes que no puedes dejar pasar estar oportunidad a si que aprovechas el momento. Es lo mejor que puedes hacer.

Ser feliz.


Muchas veces vivimos condicionados por nuestro pasado, atados a él por finos hilos que si no se cortan terminan transformándose en robustas, sólidas y firmes cuerdas que resultan imposibles de desatar o incluso de cortar. Cada vez que uno de esos hilos se rompe, probablemente creemos que nos traicionamos a nosotros mismos, a la persona o al lugar con el que está relacionado ese pequeño pedazo del pasado, con ese recuerdo. El dolor es insoportable en esos instantes, notamos incluso como se desgarra, fibra a fibra, ese hilo imaginario; pero, el dolor no dura para siempre. Y es que no nos damos cuenta de que atados no podemos avanzar y si no avanzamos, no llegamos a ninguna parte.


Por eso, hoy, he decidido dar el último paso hacia mi libertad, volar con nuevas alas y dejar atrás todo aquello que me impedía hacerlo. No es una despedida, pero tómatelo como si lo fuera, porque hoy se desvanecen los barrotes de mi prisión y no pienso volver a ella. CARPE DIEM.

Quiero contagiarme de tus ansias de vivir.


Esta tarde he vuelto a nuestro rincón, aquel en el que tú me leías poesía, me enseñabas a vivir. Tracé con un dedo en el aire tu figura y me senté junto a su recuerdo para que me contara que fue de ti y de tu sonrisa. El viento juega con mi pelo y me susurra nuestra canción, tal y como tu solías hacer. Todo parece estar en su lugar, cada hoja en su rama, cada rayo de sol en su ventana, cada estrella en tu mirada. ¿Qué fue lo que cambio?¿Por qué tus ojos evitan los míos cuando trato de atraparlos?¿Por qué tu voz tiembla cuando de amor hablas?¿Por qué ibas a pensar que ya no te quiero?...

Quizás, inocente, ciega, sorda; estúpida... no supe entender lo que a gritos me decías.

Y hoy estrechando lo que queda de ti entre mis brazos, pido que vuelvas a leerme aquellas poesías en las tardes infinitas del verano, solo quiero volver a verte y contagiarme de esas ansias tuyas de vivir. Ser lo que un día fuimos y lo que podremos ser... Pero solo será posible si tú vuelves junto a mi.

Sweet Surrender.


Las lágrimas me anegan los ojos hasta desbordarlos, me arden por cada gota que derraman. Cada lágrima es una discusión, una burla, un insulto, un te odio. Y ahí estás tú, intentando perturbar mi calma una vez más, avanzando lentamente hacia mi, como si fueras un cazador tratando de acercarse a un animal salvaje; con tacto y precisión.
Ni siquiera sé por qué dejo que te acerques, quizá estoy cansada de huir. Soy incapaz de mirarte por miedo a enredarme en tus ojos y recorrer en ellos laberintos de recuerdos a tu lado. No, no voy a caer tan fácilmente.
De pronto, impulsado por una pequeña descarga eléctrica cargada de remordimiento, me abrazas. Me abrazas como si fuera la última vez y me susurras al oído un perdón tan sincero y transparente, que pude atrapar en él la esencia de un te quiero.
Desde ese momento en el que tu aliento rozó mi piel, supe que tenía que perdonarte y me rendí a tus brazos y a todas esas jugosas promesas de un futuro mejor.
En mi opinión, fue una dulce manera de rendirse.
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